La película que me recomendaste resultó ser un mierdón
También está bien dejar las reseñas de lado y arriesgar de vez en cuando
No paran de entrar y salir recomendaciones por mi cabeza. Cada día llega un nuevo convoy de recomendaciones venido de las redes sociales, del correo, del “creemos que te gustará” y, por supuesto, de conversaciones diarias. También distribuyo mis gustos evitando que mis allegados naufraguen en malas series y libros dudosos. Las recomendaciones funcionan como un tamiz extraordinariamente útil para separar lo valioso de lo prescindible, aunque esto es siempre subjetivo.
El problema es que hemos permitido que ese tamiz crezca tanto y ocupe tantos espacios que ya no estamos dispuestos a correr el más mínimo riesgo. Queremos vivir blindados. Que alguien garantice por adelantado que no perderemos ni tiempo, ni dinero y ni hablar del coste de oportunidad. Que yo soy el primero que revisa las reseñas de cualquier sitio al que voy, esto no es un sermón o, al menos, no uno del que yo quede exento.
En la era de la sobreinformación estamos tan perfectamente entrenados para tomar decisiones por delegación que hemos perdido el olfato, el placer de la sorpresa y la anécdota del fracaso. “Mejores restaurantes de Valencia”, “qué ver en Japón”, “reseña de Hamnet”, “tres series de Amazon Prime que te harán pensar” y, por supuesto, la omnipresente “tarta de queso que no te puedes perder”. Por favor, no más influencers visitando hamburgueserías boutiques y probando su tarta de queso, ¡dejad en paz a las tartas de queso! ¡EL LOTUS DONDE YO PUEDA VERLO, NO MANCILLES LA TARTA DE QUESO!
No sé en qué momento se nos derritió la sesera, pero aquí estoy yo, marcando el paso. El otro día, sin ir más lejos, le dije a Noe «vamos a ver esta película, que la han recomendado en un Substack». No diré el nombre del recomendante pero la película me resulto absolutamente insufrible, un gran referente de lo que hoy bautizo como cine para arrepentirse. Quizá la película no era para mí, o quizá tengo ya el cerebro tan machacado por estímulos que solo reacciono si hay una pantalla partida con un coche cayendo por una rampa infinita. Pero aquella película, en cualquier caso, no era de recibo.
Lo jodido es que caigo una y otra vez en la trampa de la productividad incluso en mi ocio. Consumo reseñas para garantizar que no estoy perdiendo el tiempo. Y, al final, descubro que invierto más horas cribando recomendaciones para encontrar la obra adecuada en el momento perfecto que disfrutando de las obras en sí. En serio, llega un punto que solo quiero entrar a una librería de segunda mano, escoger un libro por su portada y ser yo quién se equivoque.
Mis dos mejores experiencias en el cine ocurrieron precisamente cuando fui sin un plan, sin tráiler y sin tanta parafernalia. La primera fue en 2019, en Bilbao, había ido a visitar a mi amigo Dani unos días junto a otros amigos. El último día, cuando ya se habían marchado los demás, nos encontramos los dos, huérfanos de plan, frente a los Cines Golem. No sabíamos qué daban, y estábamos tan reventados tras haber dormido en un banco de piedra (aunque eso es otra historia) que unas buenas butacas de cine sonaban de lo más estimulante.

El entusiasmo duró exactamente hasta que vimos la cartelera. Solo quedaban entradas para un estreno raro, una película coreana en VOSE. Compramos las entradas resignados, convencidos de que aquello iba a consistir en un largometraje experimental, algo del estilo un pescador reflexionando en una cabaña del Mar Amarillo durante dos horas. Pero la película era Parásitos, que resultó ser una absoluta maravilla y, en aquel momento, aún desconocida para el gran público. Salimos del cine con la sensación de haber descubierto algo que no nos correspondía a nosotros descubrir. Fue glorioso.
Las bibliotecas son muy bellas, los museos y teatros también, pero el talento interiorista ha sido especialmente generoso con los cines. Cortinas pesadas, luces de aplique, sonido acolchado, bar con barra de caoba, carteles pintados a mano en la entrada, acomodado con uniforme y linterna. Esa solemnidad estética se fija en la memoria.
Fragmento de “Agua y jabón” - Marta D. Riezu
La segunda experiencia memorable ocurrió en los cines d’Or de Valencia, junto a mi hermano. Aquí sí que me permitiré recomendar los cines. Se trata de unos cines antiguos con una única sala que, por cinco euros, proyecta dos películas seguidas que nunca son de estreno. Lo que se proyecta allí no corresponde al visitante, no es nuestra área de autoridad, solo nos limitamos a respetar. Uno entra, se sienta y mira. Si no te gusta una de las dos películas, te jodes. Uno elige ir a los d’Or sabiendo que lo que hay es lo que hay, es un único menú del día. Al menos por una vez, no dedicaste dos horas de tu vida a contrastar reseñas para evitar perder dos horas de tu vida.
Ir a los cines d’Or se siente exactamente igual que esta escena de la película Comanchería.
La película de aquella ocasión fue Madre! (2017). Y no, no es una recomendación, al igual que con Parásitos (2019), lo que convirtió aquella tarde en un recuerdo imborrable no fue la película sino la pura alegría de ir descubriendo algo de lo que no sabía absolutamente nada, rompiéndome los esquemas a cada paso. Esas películas encajaron especialmente bien porque no desvelan su tono demasiado rápido y, al hacerlo acompañado, sentí que compartía un desconcierto común con mis acompañantes.
He vuelto muchas veces más a los d’Or y siempre salgo contento, incluso cuando la película es especialmente rara se convierte en algo memorable. En esa línea recuerdo ver allí la película Bird (2024). Pero es que la peli no importa una mierda. En los d’Or la gracia está en entregarse sin defensas ni filtros.
Y fíjate los caminos por los que le lleva a uno la vida, empieza escribiendo en contra de las recomendaciones o, lo que es lo mismo, en favor de improvisar las decisiones un poco y acaba haciendo una reseña de los Cines d’Or. Menudo hipócrita.
AVISOS VARIOS: como una unidad de persona (mi amiga Meryem) me ha dicho que cambie el horario pues cambio el horario (haced caso a vuestras amigas). Ahora enviaré el correo los martes a las 21:21.
Además voy a quitar la numeración porque esto ya no es una revista adolescente, ahora es un panfleto de tirada nacional, ¡Que ya somos cincuenta!
¡Como siempre, un abrazo y nos leemos pronto!






Como vuelva a ver otro local de smash burguers o recetas con galletas Lotus y chocolate Dubai me temo que colapsaré
Ahora a ver que hago yo los martes por la mañana, no te lo perdonaré jamás Carmena.... digo, Meryem...